
Lo precoz y lo tardío marca la vida de este compositor austriaco, nacido en Brno cuando todavía existía el Imperio Austro-Húngaro (1897). Gustav Mahler, Richard Strauss, su maestro Alexander von Zemlinsky o el director Bruno Walter (por no hablar de su propio padre, reputadísimo crítico musical de diario Neuen Freien Presse), lo veían venir. La temprana genialidad del pequeño Erich se hizo patente al estrenar con once años una obra en el Teatro Imperial y con trece su ballet pantomima “Der Schneeman”.
Sin duda alguna, las influencias y contactos del padre hicieron del chico un reconocido “niño prodigio” comparado con el paradigma salzburgués: Mozart. Aún así, no le faltaban méritos al muchacho para tales elogios. Estrena dos obras el 28 de marzo de 1916: “El anillo de Polícrates” y “Violanta”, ambas de un acto, en la Ópera de Munich con la presencia de Bruno Walter en el podio y de Maria Jeritza como Violanta. Crítica y público recibierón de buen grado las obras. Aunque el éxito cosechado en esta ocasión no tendrá parangón con el obtenido en Hamburgo y Colonia (puesto que se estrenó simultáneamente en ambas ciudades) su obra más conocida: “Die tote Stadt” (La ciudad muerta).
Basada en un novela de Georges Rodenbach, posteriormente adaptada teatralmente por el propio autor, cuenta la historia de Hughes, un viudo que dedica su vida al constante recuerdo de su mujer, hasta que aparece una bailarina (Jane) de sorprendente parecido con la difunta… Y hasta aquí puedo leer.
Erich tardó cuatro años en concluir la partitura porque tuvo que cumplir durante un año el servicio militar, en medio de la Primera Guerra Mundial, como director de una banda militar (tuvo suerte…). Antes de entrar al ejército, durante esta primera etapa de trabajo, compuso la que ha pasado a ser el aria más conocida de esta desconcida obra: la canción de Marietta (versión de Karan Armstrong y James King).
La sencillez melódica y armónica de esta canción contrasta por las complejas texturas, repletas de cromatismos y de exuberancia orquestal, cuando se las compara con su obras precedentes e incluso con otras partes de “Die tote Stadt”. Sin duda alguna, posee el “sello Korngold” del que siempre hablaba la madre del músico. Un tardorromanticismo vienés, heredero de Wagner, cromático por naturaleza que nunca terminaba de desligarse de lo tonal (y en este caso tampoco de la melodía), modelo en el cual podríamos encuadrar al primer Schönberg o parte de la obra de Mahler y de Strauss (”Der Rosenkavalier”, “Arabella”…). También podríamos encontrar algunos flecos de Puccini. Sin embargo, a pesar de ello, sí es posible diferenciar lo priopiamente “korngoldiano” de sus múltiples influencias: la elección de algunas tonalidades y la tendencia a modular siempre de la misma manera, determinados usos de orquestación, el uso del rubato… No es un innovador en el lenguaje, pero su música para escena funciona siempre; su valor dramático y teatral es más que encomiable. La sencillez de la que hablábamos, queda retratada en la versión (para cuarteto de cuerdas y piano) que Anne Sofie Von Otter realizó en el Theatre de Les Champs Elysée:
Otro de los momentos destacables de la obra es la canción de Pierrot, uno de los miembros de la compañía de Marietta. Ninguno de los vídeos de youtube me convencen en esta ocasión (me niego a poner como ejemplo de cualquier cosa al insoportable Hampson), así que os dejo la versión con acompañamiento de piano solo que un joven barítono coreano a quien auguro un futuro prometedor; Heo Hoon.
http://media.putfile.com/Heo-Hoon-canta-la-cancion-de-Pierrot-de-La-Ciudad-Muerta
El estreno de la obra supuso el impulso definitivo del joven compositor, a pesar de que Otto Kemplerer (director en el estreno en Colonia) ni siquiera quiso salir a saludar por no considerar suficientemente digna la obra. Este hecho resulta sintomático pues anticipa la valoración que, posteriormente a la guerra, se confirió a la música de Korngold. Aunque de momento, el éxito arropa a Erich, muchos teatro alemanes y austriacos preparan producciones para representala y la obra viaja a Nueva York de la mano de la soprano Maria Jeritza.
Su próxima ópera no llega hasta 1927, “Das Wunder der Heliane”. En estos siete años, Erich se dedica a la dirección orquestal, a la composición de obras de cámara y a la reorquestación de operetas de Johann Strauss. “Das Wunder der Heliane”, estrenado por Lotte Lehmann en sustitución de la Jeritza, fue recibida con cierta frialdad: el gusto del público vienés ya había cambiado hacia otros lenguajes más alejados del habitual para Korngold. Desde hacía unos años, los serialistas lo tildaban de “pasado de moda” y esta consideración fue determinante en la crítica que recibió la ópera. Sin embargo, Alban Berg, tan diferente a Korngold, manifestó que era la ópera perfecta de primer cuarto de siglo. Os propongo la interpretación de Renée Fleming cantando el aria de Heliana.
En 1929, Korngold coincide en Berlín con Max Reinhardt en una producción de “El murciélago” de Johann Strauss. Este encuentro será decisivo para el giro que experimentará su carrera. En 1934, el cineasta pide su colaboración para que adaptara música de Mendelssohn, para su última película: “El sueño de una noche de verano”. Este será el primer contacto de Erich con el cine. Más tarde, es contratado por la Warner Bros. y se le encarga la banda sonora de “Captain Blood”, con Errol Flynn, “The Prince and the Pauper” o“Anthony Adverse”, con Olivia de Havilland. Con esta última película gana un Oscar (1936).
Pero todavía le queda a Korngold una ópera más, “Die Kathrin”, cuyo estreno en Viena tuvo que ser cancelado y esperar a que fuera llevado a cabo en Estocolmo. La crítica fue despiadada, especialmente por los orígenes judíos del autor. Os dejo la versión de la Renée Fleming cantando el aria de la protagonista:
Los parecidos con la canción de Marietta son más que evidentes y dan una idea del invariable estilo del compositor. Pero si pudiéramos escuchar la obra entera, apreciaríamos que se trata de una opereta más que de una ópera, aderezada de música de cabaret y algo de jazz (especialmente reseñable el trío de saxos y el banjo).
Para entonces, Korngold ya se había transladado definitivamente (después de varias idas y venidas) a los Estados Unidos a salvo con su familia. Comienza a trabajar para Hollywood y no tarda en recibir su segundo Oscar por “Las aventuras de Robin Hood” (1938). Gracias a los métodos de producción “fordianos”, Korngold puede elegir sobre qué películas quiere trabajar. De este modo, encontramos sólo veinte trabajos cinematográficos en total, la mayoría de calidad nada desdeñable, entre lo que podrían destacarse “Juárez”,”The Private Live of Elisabeth and Essex”, “The Sea Hawk” o “King’ Row”.
Tales trabajos son considerados claves en la creación musical para cine, hasta el punto de que Korngold (junto a Max Steiner) es considerado uno de los padres de la música cinematográfica. La inclusión del “Leitmotiv” relacionado con personajes, sucesos o elementos que se repiten en la historia, la adopción de la orquesta sinfónica (la misma de las óperas de Wagner, de Strauss o del propio Korngold) que proporciona recursos suficientemente efectistas, la preponderacia del melodismo y las armonías extrictamente tonales o la modulación eminentemente cromática, son los componentes esenciales que siempre definieron la música de Korngold y dejó impronta indeleble en la música para cine que todavía se puede apreciar en las bandas sonoras de John Barry o John Williams. Por cierto, vaya cara la de este último, que para “crear” el tema principal de “La Guerra de las Galaxias” mezcló el final del cuarto acto de “Manon Lescaut” de Puccini y la desconocida obra “Una nueva esperanza” de nuestro compositor. Aunque tampoco tuvo reparo ninguno para plagiarle el inicio de una sinfonía a Gluck y usarla como tema principal de Superman.
Los detractores del austriaco siempre le achacaron que sus producciones “sonaban a cine”, cuando realmente el cine sonaba a Korngold. En 1949, regresa a Viena y el gran Furtwäengler dirige algunas de sus obras, pero el nuevo público las considera definitivamente apolilladas, edulcoradas y lo único que causaban era indiferencia. Por otra parte, a pesar de su éxito, su padre le instaba a que dejara de componer para el cine. Y así fue; al poco de morir el padre, Erich decide trabajar exclusivamente en la elaboración de música sinfónica, deja el cine y sólo acepta regresar para el encargo de poner música al film “Magic fire” sobre la vida de Wagner, con la condición de no alterar ninguna de las partituras del genio sajón. Finalmente esas condiciones no fueron respetadas.
A su muerte, unas breves menciones en los diarios lo recuerdan por su etapa hollywoodiense. Sólo Stravinsky, Bruno Walter, María Jeritza, Lotte Lehmann o Schönberg (antiguo rival con el que coincidió en California) presentaron sus respetos a la familia, haciéndoles presente su admiración. Parecía que la obra “culta” del que fue niño prodigio en Viena caería en el olvido. Sin embargo, desde mediados de los noventa, gracias a la nuevas grabaciones de la DECCA de su concierto de violín y sus óperas más representativas, a la reedición en DVD de algunas películas en las que colaboró y las nuevas producciones de “Die tote Stadt” (como la del Liceo hace un par de temporadas) parece que su figura comienza a resurgir. Cuentan los chismes que podremos ver en Madrid en 2009 “La ciudad muerta”. Esperemos que así sea…

Escrito por principiotetico